Davy Jones

Avanzaba lentamente, haciendo ruidos irregulares que resonaban por la estancia.
En silencio, se sentó.
Suavemente pasó los dedos por las teclas, acariciándolas.
Suspiró y comenzó a tocar con los ojos cerrados.
La música empezaba a fluir levemente por los tubos oxidados.
Aquel órgano enorme empezó a rechinar y escupir nubes de polvo.
Mientras más subia la intensidad de la pieza, con más furia y dolor tocaba.
Miraba su mano deforme y apretaba con fuerza los dientes buscando el siguiente acorde.
Se dejaba llevar por la ira mientras tocaba.
No se guiaba por la partitura, la conocía demasiado bien.
Era el odio quien movía sus manos y sus dedos amorfos.
En el clímax, con lo ojos apretados, gritó de dolor y desesperación.
Resoplaba haciendo ruidos guturales.
Todo el instrumento crujía.
Poco a poco fue bajando los tonos mientras llegaba el final.
El silencio empezó a invadir la sala.
Con su mano anormal, marco los últimos compases.
Se quedó quieto mientras se terminaba de agotar el aire de la última nota.
Encogido sobre sí mismo, una lágrima bajó por su mejilla.

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