Después de la batalla

(…) Después de lo ocurrido, regresé a la explanada.

Aquella que fuera una hermosa pradera, era ahora lugar de un cementerio improvisado.

Cuerpos inertes se amontonaban a mi alrededor mientras caminaba.

La niebla, unida al olor de la pez quemada, me impedía ver más allá de tres metros, pero distinguía siluetas que se movían cerca de mí. Algunas eran mujeres que buscaban a sus maridos, personas que no conocía yo de nada y a las que veía levantar las cabezas de los muertos para luego soltarlas con desprecio al ver que no era ése al que buscaban. Unos lloraban al lado de un bulto inmóvil y otros sólo estaban allí con la simple misión de robar y conseguir garrapiñar todo lo que podían.

Débiles voces de agonizantes, con horrendas heridas y mutilaciones, pedían inútilmente ayuda y eran consolados únicamente por unos monjes que por allí también vagaban dando las últimas bendiciones a aquellos hombres que hacía sólo un momento lucharon con bravura y ahora se encontraban tendidos sobre la hierba rojiza.

Continué caminando pesadamente, tropezando torpemente aquí y allá, pensando en la traición que había cometido, hasta que con lágrimas en los ojos no pude sino caer de rodillas, no sé si por tristeza o por simple cansancio, y llorar por todo lo que me rodeaba. (…)

Agosto, 1996

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