Déjame salir

– Déjame salir.
– No.
– ¡Déjame salir!
– ¡Cállate!
– ¡¡DÉJAME SALIR!!
– ¡NO!
– ¡Me necesitas!, hago que seas tú mismo.
– ¡¿Yo mismo?! Contigo no consigo razonar bien y siempre termino haciendo tonterias.
– ¡No puedes hacerme esto!
– ¡¡Vete!!
– ¡No puedes! No lo hagas… no… no abandones… no me abandones… no abandones a tu propio corazón.

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Gato Silvestre

Había una vez un gato silvestre.
Ese gato, que había muerto y resucitado montones de veces, había sido criado por muchas personas por las cuáles no sentía más que indiferencia.
El minino no le tenía miedo a la muerte.
Pero un buen día, nuestro gato se echó la manta a la cabeza.
Conoció a una preciosa gata blanca y ambos vivieron felices.
Pero al cabo de un tiempo, la gata blanca envejeció y murió.
El gato silvestre lloró hasta que se le secaron los ojos y también murió.
Pero esta vez no volvió a resucitar.

[Extraído de Cowboy Bebop]

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El agujero

No veo por donde voy.
Todo está oscuro.
Oigo mis pasos, su eco.
La humedad entra en mis fosas nasales.
Debo estar en una cueva, pero no sé como he llegado ahí.
Me parece oír algo.
No sé de dónde viene, pero se está acercando.
Rápidamente.
Ahí está otra vez esa… cosa.
Mi corazón se empieza a acelerar.
No sé hacia donde ir, no veo nada.
Empiezo a andar cada vez más rápido.
Se acerca.
Corro.
Más y más rápido.
Sigue, sé que está detrás de mí.
Choco contra las paredes en las esquinas invisibles, tropiezo y me vuelvo a levantar.
Tengo que escapar.
Mi propia respiración llena mis oídos, me atraganto en mi propio sudor.
Vuelvo a chocar mientras miraba hacia ninguna parte y caigo al suelo aturdido.
Dolorido, me levanto.
Noto que algo más que sudor empieza bajar por mi frente.
Ciego, miro alrededor… ¿aquello no es?…
¡La salida!
Hay luz al final de esta especie de túnel.
Ruidos…
Se acerca… debo levantarme… seguir… ya falta poco…
Atontando, destrozado por el cansancio… me acerco trabajosamente a la luz…
Casi no puedo respirar… me ahogo… comienzo a subir por lo que parece una pequeña pendiente… por primera vez, puedo distinguir el suelo y las rocas que me rodean.
Ya falta poco…
Sólo un pequeño montículo me separa del brillante azul.
Comienzo a subir, lenta, trabajosamente.
Me sonrío, lo voy a conseguir.
Ya los sonidos guturales que quedan atrás no me importan, no me cogerá. No podrá…
¿Qué?
No, no, no…
No puede ser.
¡No!
Veo el cielo, los campos verdes, los árboles…
Pero entre ellos y yo se interpone una reja.
Oxidada, corrompida por el tiempo y la humedad.
La agarro con furia.
¡No!
¡No!
La euforia por el éxito se convierte en pánico.
Mis oídos se vuelven a centrar en un murmullo cada vez más próximo.
Intento romperla, moverla.
No con fuerza, si no con desesperación.
¡No!
Quiero abrir un hueco, debe haber algún modo de salir.
Siento una presa en el tobillo, tira de mí.
¡Está aquí!
¡No!
Me arrastra.
Me zarandea de modo animal.
Pierdo el apoyo de la mano con una sacudida.
Debo resistir.
Pero es imposible, me supera, me lleva al fondo, a la oscuridad.
Intento agarrarme a cualquier cosa.
Mis uñas se clavan en la tierra, en la roca, se rompen, se astillan, sangran.
Los filos de las piedras me destrozan las palmas, mi propia sangre marca el camino a la salida.
El mismo camino que jamás tomaré.
Grito de desesperación, de impotencia por no poder contra esa fuerza superior…
El agujero de luz se hace cada vez más y más pequeño.
Minúsculo.
Desaparece.
Ahora, entre la oscuridad, espero mi destino…

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Davy Jones

Avanzaba lentamente, haciendo ruidos irregulares que resonaban por la estancia.
En silencio, se sentó.
Suavemente pasó los dedos por las teclas, acariciándolas.
Suspiró y comenzó a tocar con los ojos cerrados.
La música empezaba a fluir levemente por los tubos oxidados.
Aquel órgano enorme empezó a rechinar y escupir nubes de polvo.
Mientras más subia la intensidad de la pieza, con más furia y dolor tocaba.
Miraba su mano deforme y apretaba con fuerza los dientes buscando el siguiente acorde.
Se dejaba llevar por la ira mientras tocaba.
No se guiaba por la partitura, la conocía demasiado bien.
Era el odio quien movía sus manos y sus dedos amorfos.
En el clímax, con lo ojos apretados, gritó de dolor y desesperación.
Resoplaba haciendo ruidos guturales.
Todo el instrumento crujía.
Poco a poco fue bajando los tonos mientras llegaba el final.
El silencio empezó a invadir la sala.
Con su mano anormal, marco los últimos compases.
Se quedó quieto mientras se terminaba de agotar el aire de la última nota.
Encogido sobre sí mismo, una lágrima bajó por su mejilla.

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Después de la batalla

(…) Después de lo ocurrido, regresé a la explanada.

Aquella que fuera una hermosa pradera, era ahora lugar de un cementerio improvisado.

Cuerpos inertes se amontonaban a mi alrededor mientras caminaba.

La niebla, unida al olor de la pez quemada, me impedía ver más allá de tres metros, pero distinguía siluetas que se movían cerca de mí. Algunas eran mujeres que buscaban a sus maridos, personas que no conocía yo de nada y a las que veía levantar las cabezas de los muertos para luego soltarlas con desprecio al ver que no era ése al que buscaban. Unos lloraban al lado de un bulto inmóvil y otros sólo estaban allí con la simple misión de robar y conseguir garrapiñar todo lo que podían.

Débiles voces de agonizantes, con horrendas heridas y mutilaciones, pedían inútilmente ayuda y eran consolados únicamente por unos monjes que por allí también vagaban dando las últimas bendiciones a aquellos hombres que hacía sólo un momento lucharon con bravura y ahora se encontraban tendidos sobre la hierba rojiza.

Continué caminando pesadamente, tropezando torpemente aquí y allá, pensando en la traición que había cometido, hasta que con lágrimas en los ojos no pude sino caer de rodillas, no sé si por tristeza o por simple cansancio, y llorar por todo lo que me rodeaba. (…)

Agosto, 1996

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