Siempre nos quedará París

Rick: Yo me quedo aquí hasta ver que el avión ha despegado.

Ilsa: ¡No, Rick! ¡No! Anoche dijiste…

Rick: Anoche dijimos muchas cosas. Dijiste que yo tenía que pensar por los dos y es lo que he hecho. Y sé que tienes que subir a ese avión con Víctor que es a quien perteneces.

Ilsa: Pero Rick, escucha…

Rick: Escúchame tú. ¿Tienes idea de lo que te espera si te quedas aquí? Créeme, los dos acabaríamos en un campo de concentración. ¿Verdad, Louis?

Renault: Me temo que Strasser insistirá en ello.

Ilsa: Dices eso para que me vaya.

Rick: Lo digo porque es cierto y es cierto también que perteneces a Víctor. Eres parte de su obra, eres su vida. Si ese avión despega y no estás con él, lo lamentarás.

Ilsa: No.

Rick: Tal vez no ahora, tal vez ni hoy ni mañana, pero más tarde, toda la vida.

Ilsa: ¿Nuestro amor no importa?

Rick: Siempre nos quedará París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero lo recuperamos anoche.

Ilsa: Dije que nunca te dejaría.

Rick: Y nunca me dejarás. Yo también tengo mi labor que hacer y no puedes seguirme a donde voy. En lo que tengo que hacer no puedes tomar parte.

Rick: Y no valgo mucho, pero es fácil comprender que los problemas de tres pequeños seres no cuentan nada en este loco mundo. Algún día lo comprenderás. Vamos, vamos. Ve con él, Ilsa.

Rick: Louis, este puede ser el inicio de una gran amistad.

Diálogo de la secuencia final de Casablanca (1942) dirigida por Michael Curtiz.
Con todos mis respetos a Humphrey Bogart, menos mal que el doblaje español te dio voz de macho, porque en la versión original…
Y que conste que prefiero las películas en v.o.

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In memoriam… Paul Newman

Actúa como si tuvieras fe y la fe nacerá en ti.

Paul Newman (1925-2008), en Veredicto final.
Hasta siempre, Paul.

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El libro de una vida

Ayer, pensativo, insomne y sin saber qué hacer para remediarlo, rebusqué en la estantería.
Entre novelas y manuales técnicos encontré un tomo algo descuidado, roído y gris.
Aunque el polvo se acumulaba sobre él parecía muy usado y, picado por la curiosidad, lo cogí.
Las tapas estaban borrosas y no había ninguna otra marca que pudiera identificar su contenido.
Me dejé caer en el borde de la cama, con una extraña sensación de familiaridad, y lo abrí, ojeando lentamente cada página, amarila y sucia.
Sorprendido, reconocí algunos pasajes.
La historia de un niño que fue creciendo y haciéndose mayor.
Había partes que daban miedo y otras que me hicieron sonreír.
Otras contaban historias de amor sin final feliz y el resto, las que más, eran lo más parecido a un ensayo científico, metódico y analítico.
También me di cuenta de que algunas partes no estaban escritas igual y parecía que hubieran contribuido varios autores. Pero sus textos, en la mayoría de los casos, ni siquiera llegaban al capítulo.
Pasaba las hojas intentando conocer el final y, de repente, llegué a una página en blanco. Extrañado, avancé un poco más haciendo correrlas bajo mi pulgar, y el resto hasta la contraportada estaban también vacías.
Volví a la última página escrita y leí como alguien, sin saber qué hacer para dormir, rebuscaba en una estantería donde había libros de muchos tipos hasta que, cuando estaba a punto de desistir, encontró un libro de aspecto descuidado, roído y gris…

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