Jardín de infancia

Jugaba haciendo volar de un lado para otro un oso de peluche.
Corría de un lado a otro, para que fuera cada vez más rápido, al grito de “¡Superdog al rescate!”.
Intentaba hacer que jugara con él, mientras yo hacía una mueca en un esfuerzo por sonreír cada vez que me enseñaba orgulloso los huecos en su dentadura de dientes de leche.
“Menudo bicho”, pensaba mientras se colaba por los huecos de la barandilla y se movía por aquí y allá.
No me podía quitar de la cabeza la respuesta que di cuando, al hacer un comentario sobre la hiperactividad del pequeño, me dijo: “Seguro que tú también hacías eso cuando eras pequeño”.
“No”, contesté secamente.
¿Qué se debe contestar cuando la infancia no existe?

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