Paradojas

Una mañana cualquiera en una estación de tren.

– ¿Perdona, este tren va a Majadahonda?
– No, Atocha.
– ¿Entonces no va a Majadahonda?
– No.
Para los no entendidos, Majadahonda está en dirección contraria a Atocha.
La señorita se queda algo contrariada y, después de pensarlo un poco, se baja del tren.
– ¿Sabe si este tren va a Pozuelo?
Levanto levemente la vista del periódico, también está en dirección contraria.
– No, Atocha.
– Ah, vale.
Y se baja del tren. Éste por lo menos, ha sido práctico.
Me inclino un poco para ver el indicador luminoso del andén. En el vagón (y en todos los del convoy) ya sé que pone un ATOCHA bien bonito y hermoso.
Pues sí, pone Atocha.
– ¿Este tren pasa por Majadahonda?
Me quedo mirándola por un segundo.
– No, Atocha.
– Bueno – se dice-, yo me quedo por si acaso.

Y luego se preguntan por qué hay tanto crimen sin sentido…

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¿Me cambia, por favor?

Se acerca el fin de mes y es norma común para cualquiera que tenemos abono de transporte en Madrid el empezar a pensar en comprar el del mes siguiente.
Me gusta ser previsor para estas cosas y ni corto ni perezoso me dirigí una mañana feliz y dicharachero a una de las máquinas expendedoras de Atocha para sacarlo.
No sé por qué, pero me dio por utilizar un billete de 50€ en lugar de la tarjeta (como hago normalmente), para hacer el pago.
Esperando estaba, mientras parpadeaba el mensaje “Generando su billete”, cuando me pareció ver un cambio fugaz en el texto antes de desaparecer que decía algo así como “Error de impresión”.
Durante un momento, la máquina se detuvo y al instante siguiente empezó a escupir monedas de 2€. Temiéndome lo peor, me puse a contarlas…
1…
2…
3…

25…
Mecawen…
Un billete de 50€ en monedas de 2€.
Si es que, lo que no me pase a mí…

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Tranquilo, que yo te aviso

Como cada mañana, me disponía a coger el cercanías esperando en el andén leyendo tranquilamente el periódico.
Pasando páginas, sonó un aviso de megafonía indicando a los señores viajeros que por un fallo técnico las pantallas de aviso de las llegadas de los trenes no funcionaban y nos invitaba amablemente a estar atentos a los propios indicadores luminosos de los trenes para saber cuál tomar.
En estas que llega el tren y me fijo, mientras paraba, que ninguno y digo bien, ninguno de los letreros luminosos (ni frontal ni laterales) estaban encendidos.
Me pareció oír a alguien acordándose de la madre de no sé quién. Yo me limité a soneír y, doblando el periódico, me dirigí a la puerta del vagón.

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